jueves, 1 de agosto de 2013

Un día de playa.



No hay nada como tomarse un día libre. Sí, un día libre de todo lo habitual, de todo lo cotidiano, de todo lo que cada día pasa por tu vida, por tu cabeza, por tu corazón...

No fue una decisión tomada con tiempo. A veces, las circunstancias nos obligan a actuar o dejarnos enredar en la monotonía y la desidia.

Era un sábado cualquiera.  Tenía intención de pasarlo con mi pareja, como era habitual, dando un repaso a la casa, salir a almorzar o tomar algo ligero, disfrutar de una siesta de sábado en la tarde... Pero la circunstancias quisieron que los planes cambiasen, pues se rompió su coche y decidió pasar la mañana en el taller.

A eso de las diez le llamé con la intención de comprar unas entradas para el cine, pero me dijo que estaba cansado, que pasaría toda la tarde en casa haciendo "tumbing".  Su respuesta no me dejó muy satisfecha. Necesitaba un fin de semana lleno de energía, de vivencias... Había tenido una semana muy dura y necesitaba desconectar.

Sin pensarlo, me puse el bikini, tomé mi bronceador, mi toalla favorita —era enorme y multicolor—, una pequeña nevera de playa con unas bebidas, algo de hielo... y las llaves de mi deportivo.

Casi sin darme cuenta me encontraba de camino al sur, a disfrutar una maravillosa mañana en la playa.

Cuando llegué me costó un poco encontrar aparcamiento, pues en esta época de verano, ya se sabe, todo el mundo quiere disfrutar de lo bueno, el Océano Atlántico, su maravilloso sabor, y el dorado sol que acaricia tu piel, despacio... sin demasiadas prisas... llegando a “arañar” su superficie con sus rayos si no tomas las precauciones adecuadas.

Oculté la tristeza de mis ojos por tener que pasar ese día a solas —pues tenía muchas cosas que contar a mi amor— tras unas enormes gafas de sol. Subí  el techo de mi descapotable, cerré el vehículo y me dirigí a la arena. La playa, como cualquier día de verano, estaba repleta de gente, familias completas, pandillas de amigos, parejas... y entre tanta gente me sentía más sola aún.

Una lágrima comenzó a recorrer mi mejilla. El sentir cómo me cosquilleaba el alma me hizo sonreir. Nadie merecía una lágrima, al menos por el empeño de ahorrar unos euros en un día de descanso y dejar sola a quien tanto le había acompañado en los días más mustios.

Casi sin darme cuenta ya estaba con los pies metidos en el agua. Notaba como las olas que iban llegando a la orilla acariciaban mis dedos, mis tobillos... me refrescaban enormemente. Decidí que no llevaba demasiado peso encima  y me iría hacia el otro extremo de la playa, donde se intuía más tranquilidad.

La playa a la que me refiero se encuentra al sur de la isla de Gran Canaria; tiene una extensión de aproximadamente 4 kilómetros, que me vendrían muy bien recorrer.

Seguí de frente, caminando y disfrutando de cómo el sol acariciaba mi rostro y el mar mis pies.

Cuando había recorrido la mitad del trayecto ya tropecé con menos gente en la orilla —pues la mayoría prefiere estar al comienzo de la playa, donde están los chiringuitos y la mayoría de las hamacas— por lo que decidí parar  un instante a quitarme la ropa.  Me quedé en bikini y me puse algo de bronceador en mi espalda, mis muslos, mi rostro... A los pocos minutos seguí mi camino, toda cubierta del dorado aceite.

A los pocos metros comencé a ver a los primeros “guiris” en cueros; me estaba acercando a la zona nudista, y debía traspasarla para llegar al Faro de Maspalomas.  Estaba acostumbrada desde niña a hacer ese trayecto, y realmente no me llamaba la atención si la gente tenía sus partes íntimas cubiertas o no. Hoy me sentía diferente, era un día especial para mi... Nunca había tomado el sol desnuda. ¿Por qué no probar?

 

La pregunta hacía una especie de eco en mi cabeza...
— “¿Por qué no probar?” —me preguntaba una y otra vez—.


Este año había decidido hacer cosas nuevas, salir de la monotonía, seguir mi vida... Llevaba demasiado tiempo siendo “sombra” y quería tomar mis propias decisiones. El vivir junto a alguien que tiene otras metas y ante las que tú cedes continuamente te va minando por dentro y sentía que ya  era hora de ir soltando lastres... ¿Y por qué no soltar éste y cumplir ese deseo que siempre tuve?

Sí, un deseo minado en miedos, dudas, y sobre todo por la timidez y el pudor que podría sentir si me encontrase con alguien conocido... cosa que podría ser muy probable. Sólo al pensar en enfrentarme, desnuda, a un cliente, un compañero de trabajo, un amigo de la infancia... sólo de pensarlo... hacía que me sonrojase como una granada.

 

Entre duda y duda, deseo y más dudas... me dirigí hacia las dunas. Había poca gente. Era cerca del mediodía y el sol pegaba fuerte... Busqué hueco tras una duna, abrí mi sombrilla, extendí mi toalla —mi gran toalla multicolor— y me senté sobre ella.

Tras observar que las pocas personas que había alrededor comprobé que se trataban de un par de parejas de extranjeros, solamente, por lo que decidí comenzar a ponerme bronceador por todo el cuerpo, nuevamente. Tras colocar el bolso y  resto de los  bártulos, me quité la parte superior del bañador... y ya puestos... la inferior.

Sentí como el fuego me inundaba, y no me refiero al calor del sol, sino a la timidez que se apoderó de mi, inundándome, y que intentaba salir por cada poro de mi piel. Respiré despacio y profundo. Miré hacia el infinito. “¿Por qué no disfrutar de esta nueva sensación?” —me pregunté—.

Era extraño sentir como la brisa acariciaba todo mi cuerpo a través de la piel, sí, todo... Pronto mis pezones comenzaron a erizarse... ¿o llevaban ya rato así? No lo sé... sólo me di cuenta de ello cuando pasé mis manos, acariciándolos levemente, mientras los impregnaba de bronceador.

     ¡¡Uhmm!! Me encanta este olor — pensé, intentando distraer mis miedos.

Al instante ya estaba acariciando mis muslos, cerca, cerca, muy cerquita del jardín de los deseos...

     ¿También debo impregnar el Monte de Venus de este blanquecino y lechoso mejunje que escurre entre mis dedos?— me pregunté, divertida, mientras hacía lo propio.

Escabulléndome de tanta  timidez, continuaba mirando a mi alrededor: una pareja de jóvenes enamorados. Cuatro extranjeros de aproximadamente 60 años, bronceados  por cada milímetro de su piel... Una pareja de novios del mismo sexo... No creo que ninguno de ellos estuviese pendiente de mí. Seguro que ni se habían percatado de mi presencia.

Seguí acariciando mi cuerpo mientras lo cubría de bronceador...auto-masajeándome como pude. Una vez acabé, me tendí boca abajo y me dispuse a escuchar algo de música...
https://www.youtube.com/watch?v=l4dSZD3YQ_M

 
(Imagen de autor desconocido, tomada de internet)
 

No había pasado más de media hora cuando un joven se acercó a mí y me abordó:

     Buenos días, ¿me puede decir qué hora es? — preguntó con descaro, mientras no paraba de observar, de reojo, mis senos.

Menudo cara dura. La gente así me pone de mal humor... Pensándolo bien, tiene unos hermosos ojos... Casi me puedo ver reflejada en ellos.

     Disculpa si no contesto a tu pregunta,  pero no llevo reloj. Debe ser ya cerca de la una — contesté con cierto cinismo, eso sí, con una esplendida sonrisa, intentando esconder tras ella la vergüenza que estaba sintiendo en ese instante.

     ¿Eres de por aquí? —preguntó— Estoy de vacaciones; he venido solo. Tenía comprado los pasajes para venir con un amigo,  pero se puso enfermo y no quise perder los billetes. ¿Conoces la zona? No sabía que era una playa nudista y de repente me he visto...—comentó más sonrojado que yo, y con el rostro blanco como un DINA4—

 

 

En ese instante decidí apartar la vista de su mirada... mala decisión, pues mis pupilas se fueron directas a su tienda de campaña...

     Bonito bañador —comenté, sonrojada como un tomate muy, muy maduro— Veo que es nuevo... marca XTG... lo has comprando  aquí, ¿no? Es una empresa isleña.

     Sí —contestó sonrojado, como si se le hubiese contagiado el color de mi rostro— ¿Me permites que te acompañe? Es duro estar solo.

“Uhmm... duro... duro... lo que se dice duro... sí... bien duro...”—pensé mientras recordaba lo que insinuaba su entrepierna— ¡Y yo aquí, en pelota pura!... No pude nunca imaginar una imagen más ridícula. No sé si reír o directamente llorar... ¡Qué vergüenza! Pero bueno... él no me conoce... no sabe si soy habitual... Mejor me tranquilizo e intento comportarme con naturalidad.

     La toalla es amplia, si quieres la podemos compartir. La sombrilla es lo suficiente grande como para darnos cobijo a los dos —le comenté mirando directamente a  sus ojos... pues no quería aventurarme a volver a mirar a esa zona prohibida, a pesar de que la curiosidad aún me invadía.

     ¡Gracias!— aceptó,  con una maravillosa sonrisa y dejando entrever sus enfilados y blanqueados dientes, que hicieron que sintiese como que  algo se arrugaba, se comprimía, en mitad de mi estómago.

Colocó su mochila junto al palo de la sombrilla, se quitó las sandalias... y ¡¡Glubb!! Se quitó también su bañador.

     Dios... NO QUIERO MIRAR... —pensé...Pero mis ojos sí...mis ojos se aventuraron, como dos niños juguetones, a mirar el gran tesoro que se escondía bajo ese bóxer azul.

     Es mi primera vez — comentó sonrojado—, pero veo que todos estáis desnudos, con lo que si me quedo con el bañador llamaré la atención.

     ¡¡Oh... Dios...!! ¿Y si me ve alguien conocido? No puede ser... ¡Qué vergüenza!— pensaba a la vez que  me “escondía” bajo mis gafas de sol.

Me volví a colocar —nuevamente—  boca abajo, pensando que él haría lo mismo, y así podría evitar, o al menos aliviar... mis libinidosos pensamientos.

 

Cuando menos me lo esperaba sentí sus manos acariciando mi espalda.

     Perdona mi atrevimiento, tienes la piel muy roja, y no quiero que te quemes — comentó, mientras sentía como mis senos se empitonaban y se clavaban aún más en la dorada arena, casi traspasando la multicolor toalla...

     “¿Y cómo voy ahora a darme la vuelta?”— pensé, sonrojada— ¡Gracias! Ahora te pondré yo a ti el bronceador— pronuncié, mirándole a los ojos,  mientras yo misma me sorprendía ante mis palabras.

Lo normal sería sentirme incómoda, pero aquella situación me estaba gustando... ¡qué digo gustado! Estaba excitadísima...  No podía dejar de observar que por momentos su miembro parecía aumentar de tamaño...

Como pude, me senté  de nuevo y comencé a extender el bronceador en su espalda... en sus piernas... en sus endurecidas nalgas.

     ¿Qué deporte practicas?— pregunté con curiosidad—

     Suelo jugar al fútbol, hacer algo de ciclismo y nadar— Contestó. Nunca me pesó tanto la flacidez de mi cuerpo, que había ido “descolocándose” con el tiempo... Pero ahora no era el momento de lamentos... Ahí tenía ese cuerpo de Adonis, junto a mí... acariciado por mis manos... mis dedos deseando juguetear entre su bello cuerpo... su vello...

Casi sin darme cuenta se dio la vuelta. Estaba tan ensimismada en mis pensamientos, que sin apenas haberme percatado tenía su torso frente a mí. Comencé a llenarle de aquel dorado bronceador, y cómo no... a extenderlo con suavidad, intentado que penetrase... —“¿penetrase?”— en los poros de su piel...

Sentía como el calor y la humedad se apoderaban de todo mi cuerpo, eran una especie de flatos fuera de hora... Respiraba lentamente, dejando que el aire entrase en lo más profundo de mi ser y me colmase... me llenase... De hecho, llevaba demasiado tiempo vacía...

Continué con sus fuertes y musculados muslos... ya casi llegaba a sus pies, hermosos, varoniles...

De pronto, se incorporó y tomó mi mano derecha, llevándola directamente a su ingle:

     Por aquí no me has puesto bronceador, y me puedo quemar — me dijo haciendo un guiño.

En ese instante, creí morirme... Bueno, no... mejor dejar el morirme para más tarde... Esta situación me excita...No quiero pensar... Es el momento de disfrutar...

     ¿Y si alguien nos hace una foto? — pensé, nuevamente, aterrorizada. No... no puede ser... Estamos lejos, nos rodean extranjeros... es un sábado al mediodía, y quizás esto no está sucediendo salvo en mi imaginación... Mientras pensaba todas estas cosas mis manos iban acariciando su bajo vientre, el comienzo de sus muslos... su torso fornido... Volvió a tomar mi mano y esta vez la llevó directamente a su miembro viril... Faltaban manos... sobraba miembro... ¡¡Qué digo!! No sé lo que digo... ni lo que hago... ¡pero me gusta!

 
Casi al instante estábamos frente a frente, sobre la colorida y sudada toalla... bajo la gran  sombrilla que cubría nuestros cuerpos, haciendo que el dorado sol no pudiera quemarlo, abrasarlo... disolverlo como pura mantequilla...



—¡¡Madre mía!! ¡¡¡Cómo me está sabiendo este beso!!! Creo que nunca antes me habían besado así, con tanto deseo... Si casi me toca la campanilla con la punta de su lengua... uff... su lengua, la punta... mi boca... Mejor no pensar...— Me dije, abandonándome a mis deseos carnales.

 

Brazos sobre hombros, piernas abrazando un fornido cuerpo... boca llena... cuerpo desbordado e inundado en todo su ser...

Así fue como, tras el "forcejeo" comenzamos a danzar... a movernos al compás de la musicalidad de nuestros gemidos, que en un principio habíamos intentando contener... pero que  pronto, tras perder la noción del tiempo, del lugar donde estábamos, de si nos pudieran observar o no... dejamos brotar libremente, permitiendo a su vez que el eco lo llevase más allá del mar...

Cuando acabamos,  casi compartimos un mismo suspiro, y no pudimos evitar lanzarnos al abismo de nuestras miradas...

     Señorita... no sé qué es lo que me ha pasado... Este lugar, este paradisiaco lugar está, de alguna forma “embrujado” y no pude contener la pasión, la emoción ni los deseos que me han inundado de forma inesperada. Siento... — Comentaba ruborizado.

     Creo que... sobran las palabras. Hoy no debí estar aquí. No sé ni cómo ni el  porqué de lo ocurrido. Quizás... simplemente... ambos teníamos una necesidad por cubrir. No creo que nos volvamos a ver jamás. Tú volverás a tu casa. Yo regresaré a la mía... Quizás con el tiempo dudemos si realmente este encuentro sucedió o no— Le comenté mientras me moría de vergüenza y a la vez de satisfacción. Hacía años que no disfrutaba de un “polvo” tan brutal... ni tan placentero (del que no he entrado en más detalles debido a mi pudor).

Allí nos abrazamos hasta que llegó la tarde. Nos besamos el cuello jugando a ser gaviotas picoteando la golosina que le alimentaba... Ya, con la luna comenzando a saludar desde el horizonte, nos despedimos.

 

Todo eso sucedió hace unos días. Hoy... ordenando mi bolso de playa, me encontré una tarjeta en un bolsillo lateral:

     Si te has encontrado esta tarjeta, es un tesoro...¡mi corazón! Llámame. Sólo lo compartiré con quien me llegue al alma. Tú la has tocado con tus dedos de Luna.

Roberto. ***696969

 

 

 

Irene Bulio © 31 de julio de 2013

jueves, 18 de julio de 2013

El puente.

Foto de autor desconocido, descargada de internet.
 
 
 

Una palabra  y un recuerdo,
Miles de ideas se agolpan,
queriendo entrar en mi mente.
Recuerdos de antaño;
dolor y pasión —ambos extremos—
ahora yacen entremezclados,
meciendo mis sueños,
amamantando mis miedos.
 
Mi alma yace como un viejo baúl, en un rincón,
lleno de grietas por el paso de los años,
con la falta de unos brazos que lo hidraten,
unas manos, las yemas de unos dedos…
la humedad de unos besos desbocados,
el susurro de una respiración agitada,
y la ilusión de un vivir apasionado.
 
 
Ese es el caro precio que se ha de pagar
por creer que no merecías vivir tus sueños,
por permitir que otros limitaran tus sonrisas,
por dejar que dirigieran tu vida,
por no regalar un puente nuevo…
o quizás dos… uno para él y sus miedos…
otro para ti y tus sueños…
 
 
 
 

Irene Bulio © 2013

 

martes, 2 de julio de 2013

Nuestras vidas


 
(Imagen de autor desconocido, tomada de internet)

Nuestras vidas... 

 
Delicada es la vida que elegimos. Tomemos el camino que tomemos estamos decidiendo nuestra felicidad o nuestra condena, y siquiera nos damos cuenta.
Nos pesa la educación, nos pesa la familia, nos pesan los amigos, nos pesan nuestros miedos... y al final todo pesa tanto que nos impide volar hacia ese futuro deseado. Lo hemos soñado en silencio, y en ese mismo silencio, bañado de tristeza, abandonamos lo que un día nos hizo palpitar el corazón.
Comenzaste ya a caminar...  Sigues la senda marcada; ya no te planteas nada, estás haciendo lo que debes, lo que se espera de ti, lo que todos creen que te llevará al éxito, a ser feliz... Pero tu corazón está triste; siente como pasan los años y cada vez está más débil, late más lento, la sangre que le llega le trae menos oxígeno y se siente asfixiar.
De repente piensas en por qué elegiste ese camino y no otro... Realmente hay tantas respuestas y ninguna es lo suficientemente poderosa.
Miras hacia los lados, buscas otra senda... Para llegar a ella has de pisotear el césped de las ideas que las personas a las que amas tienen de ti, lanzarte al abismo de dejar todo atrás, caminar en un camino iluminado sólo con la luna, y a veces incluso en una noche lúgubre y fría, sin apenas estrellas... ¿Merecerá la pena cambiar de camino? ¿Estás seguro-a de que quieres llegar al destino que éste te lleva?
Te subiste en el tren equivocado. Compraste un billete de primera y para ello lo dejaste todo: tus sueños, tu lucha, tus noches sin dormir, tus deseos... y te sientes viajar en el vagón de las reses... lleno de heno y olores que no son lo agradable que esperabas. A tu lado no viaja alguien mirando en la misma dirección... Si acaso es alguien  que permanece, pero que no estuvo nunca; le sientes como si  unos grilletes se tratase, como unas cadenas, como un aire viciado que te impide respirar... ¿Y aún crees que estás en el camino correcto?
Siéntate a descansar, observa, disfruta de lo que puedas, y luego decide... ¿Podrás llegar por ese camino a la Felicidad? ¿Estás en condiciones ahora de cambiar a otro que sí te lleve, o simplemente pretendes volver atrás? El ayer ya no existe, ni existirá... Piensa en un mañana... en tu mañana. ¡Créalo! Sí, créalo a tu medida, camina con un calzado adecuado y cuando llegue el momento, quizás con un leve salto, o ayudado con las brillantes alas de la ilusión, puedas acceder directamente a él.
¡¡No te des nunca por vencido-a!! Tú te mereces caminar por tu propio camino, uno nuevo creado a tu medida. No importa la senda transitada, lo importante es dónde está tu cielo, bajo qué estrellas decidirás dormir esta noche... ¡¡Dulces sueños!!
 
Inma Flores © julio 2013


 

domingo, 2 de junio de 2013

Los amantes






Era bien entrada la madrugada cuando despertó.  Estaba empapada, no sólo en sudor. Sentía aún la respiración agitada y se sorprendió al encontrar su mano hundida en la entrepierna, retorcida, completamente impregnada de un líquido templado que no le era extraño.

Por un instante no recordaba donde estaba, hasta que  se giró a su derecha y vio a un hombre  acostado a su lado. Tenía una ancha y musculada espalda; por la tenue luz que entraba desde la calle — producida por una indiscreta luna llena—  pudo percatarse del dorado de su piel.

Roncaba. Sí, sentía el ruido del aire entrar y salir a través de su garganta, y eso la excitó aún más.

Comenzó a dar pequeños besos en aquella dulce y tersa piel. Besos suaves, que poco a poco se hacían más sonoros y  que terminaron en apasionados lamidos, y éstos a su vez culminaron en pequeñas succiones cerca del costado.

Sintió como, de repente,  paraban los ronquidos. Su  amante se giró hacia ella, quedándose tendido boca arriba, con los ojos cerrados  y gimiendo de placer.

Sin hacer pausa alguna siguió lamiendo su pecho, su cuello… hasta llegar a su boca.  Allí su respiración se volvió más y más agitada mientras mordisqueaba aquellos carnosos labios con los que tantas noches había soñado. Pronto, su lujuriosa lengua luchaba cuerpo a cuerpo con la que encontró en ese laberinto de pasiones que ya la poseía por completo y, dentro del cual, se  deleitó por largo rato.

El sentir sus poderosas y masculinas manos aprisionar sus caderas la trajo de nuevo a la realidad. Se miró en sus verdes ojos y allí descubrió que la pasión  y lujuria que la embriagaban era compartida.

Volvió de nuevo a recorrer el cuerpo de su amor con sus desbocada boca, con esos apasionados labios  que no lograban contener unos blancos y traviesos dientes —como ratoncillos—, cuya travesura  más habitual era la de mordisquear la superficie de la piel, produciendo una sensación que entremezclaba un gran placer con un indefinido dolor, a la que  poco a poco él se iba sintiendo adicto.

Casi sin darse cuenta ya había engullido parte de su sexo. El ruido de los gemidos en aquella habitación retumbaban, quizás hasta las casas contiguas, pero a los amantes les daba igual. Él no paraba de gemir, ella… de lamer.

Cuando sintió que su amante ya estaba a punto de explosionar, corrió ávida a besar sus ojos cerrados, recorrer el contorno de sus orejas con incontrolable lengua… y casi sin pensarlo subió sobre él, como si de un caballo desbocado se tratase.

Ahora los gemidos que se escuchaban eran los de ambos, que  se retorcían de placer…  Su engrandecido miembro no paraba de friccionar dentro de aquel laberinto de deseos, pasión, olor a sexo…

Ya no había forma de controlar aquel desenfreno… hasta que por un instante, casi al unísono, el cielo llegó ante ellos a la vez que una explosión de pasión los cubrió por completo…

Había amanecido. Ambos —jadeantes, desnudos, tumbados boca arriba—, se vieron sorprendidos por los primeros rayos de sol… Su primera mañana de casados… ¿sería así el resto de sus vidas?

 Inma Flores © 31de mayo de 2013

 

lunes, 27 de mayo de 2013

Prisas



Esta mañana salía corriendo de casa, enfundada en mi abrigo rojo y sobre mis tacones del mismo color. Me sentía una Diosa sobre esos doce centímetros de tacón y con el cinturón abrazando y moldeando mi cintura.

Miré el reloj, era tarde. Instintivamente paré, alcé uno de mis brazos y solicité un taxi.

     Buenos días, señorita, ¿Hacia dónde la llevo? — preguntó el taxista.

     Hacia el Parque Mayor— contesté con rotundidad.

Apenas pasaron 8 minutos,  cuando ya estaba delante de mi oficina. Apresuradamente busqué mi cartera en el revuelto y enorme bolso.

     ¡Horror! Anoche dejé 50 euros a mi vecina y sólo me queda una moneda de 2 euros en la cartera. — Mi cara estaba descompuesta mientras comentaba la situación al taxista; al unísono, él sonreía de forma picarona.

     No se preocupe, la puedo volver a llevar a casa, quizás allí consiga abonarme la carrera — contestó con voz socarrona— Estoy convencido de ello.

     ¡Volvamos entonces!— contesté, mientras sacaba el móvil del bolso dispuesta a decir a mi jefe que  llegaría tarde, pues “se me habían pegado las sábanas”.

Inma Flores © mayo 2013

 

 

 

jueves, 9 de mayo de 2013

Alma...

Foto extraída de Lingerie.
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Alma...


Estando en soledad —soledad no deseada—,
soledad insoportable frente a un espejo,
soledad que devuelve la imagen de mi alma;
ese alma ya  embriagada por el vino...
 
Alma ácida por el desamor vilmente derramado;
alma de mirada triste  por los placeres no vividos;
alma compungida por los sueños no realizados...
pero al fin y al cabo alma.

 
Alma triste y solitaria, pero alma;
alma embriagada y fría, pero alma;
alma, alma, desalmada ya mi  alma...
¿qué ha quedado?
 
Sólo un triste recuerdo, un sorbo de vino...
... y mucha calma...
 

Inma Flores © 2013

 


sábado, 4 de mayo de 2013

A mi madre, a tu madre y a la de todos...


A  mi madre
 
 

 

Amarte madre, es lo que hago cada día,

en cada instante de mi vida, casi sin darme cuenta.

Amarte, madre, amarte a través de lo que me enseñaste,

a través de lo que en ti aprendí, de lo que conmigo compartiste.

 

Amarte madre, cada día de la semana, cada día del mes,

cada día de mi vida. No necesito un día especial.

Hoy te amo. Ayer te amé. Te amaré siempre,

al igual que tú amas a tus hijos, con cada inhalación.

 

Amarte madre, y no sólo amarte, sino entenderte,

valorarte, compartirte, sentirme orgullosa de haber nacido de ti.

No sólo por engendrarme, pues nacer de ti es nacer de tu corazón,

sentirme cubierta con tus desvelos, con tus lágrimas, con tus sueños.

 

Amarte madre, desde siempre y por siempre.

Sentir el beso más dulce, después de el del hijo,

Sentir la caricia más suave, junto a la de un padre.

Sentir un amor infinito… un amor que sólo puede dar una madre.

 

Inma Flores © mayo 2013