El corazón no se olvida de latir, jamás...
Hasta que un día se da por vencido
y colapsa cada poro de tu cuerpo.
La rigidez se apodera de los músculos
y los huesos ya pierden su sentido;
la lengua no se mueve, ya no saborea…
y las pupilas quedan hundidas en el pozo
de una guerra perdida.
El corazón no se olvida, jamás, de latir…
Mi corazón jamás olvida tu latido,
como mi boca no olvida el sabor de la tuya,
mi piel la suavidad de las yemas de tus dedos,
y mi oído, que aún recuerda el compás de tu respiración.
Te fuiste, pero jamás del todo.
No quedó el hogar cerrado a cal y canto,
sino esa puerta abierta que invitando a traspasarla
mostraba un vacío que jamás resultó interesante.
Cuando no hay pasión ni amor, ya no hay vida,
al menos esa vida soñada y deseada.
Te llevaste la llave de que conducía a mi paz,
esa que busqué y no hallé.
Desde entonces me conformó la tranquilidad,
saber que todo estaba bien,
que a veces las cosas no son como las sueñas,
no son como las quieres, no son cómo las luchas…
porque ya es tarde para luchar.
El poco tiempo que queda se puede disfrutar
con el corazón henchido en la paz de una conciencia tranquila.
Inhalar…, mantener…, soltar muy, muy despacio, pero soltar.
© Inma Flores
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