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viernes, 18 de enero de 2019

Cruce de caminos







Un escalofrío, como escarcha endurecida, se apodera de mi cuerpo con solo recordarlo.  Su mirada fija, esos ojos negros clavándose en mí, con rabia, como puñales, mientras sus manos rígidas presionan mi cuello. Tanta rabia, tanto dolor, tanto miedo, tanto vacío. No sé si llegué a desvanecerme, no recuerdo cuándo fue, si un martes, acaso un miércoles, lo que sí sé es que fue unos días antes de Navidad, y no fue la única vez, aunque sí la primera.
¿Cómo puede existir tanto odio dentro de la persona a la que se ama? A veces un instante, el tiempo que dura un suspiro, marca la diferencia entre la vida y la muerte.
Nos amábamos, lo sé. Habíamos salido de la iglesia 16 meses antes repletos de felicidad, de amor, de sueños, de ganas de vivir…
Sus labios eran dulces, como sus besos, y los devoraba como si de una breva madura se tratase. Sus caricias conseguían que el tiempo se parase en el contorno de la oreja acariciada por las yemas de sus dedos, con ellos dibujaba infinitos en la nuca para luego depositar  su cálido aliento, avanzadilla de cientos de besos.
Nos amábamos, lo sé. Habíamos compartido tantas risas, tantas conversaciones, tantos proyectos para mejorar el mundo…
Su sonrisa era la llave de mi alegría. Su voz, algo grave, encendía mi cuerpo cuando pronunciaba una palabra de amor, o simplemente pronunciaba mi nombre. Su abrazo fundía todos nuestros miedos, para luego entrar en la profundidad de mi alma a través de un cruce de miradas, y reconocer en ello que el amor era infinito, para siempre.
Nos amábamos, lo sé. Eso sucedía desde que compartimos las primeras risas en el Casino. Eran días de carnavales y yo iba disfrazada de brujilla;  él me sostuvo el gorro en forma de cucurucho. Estaba muy gracioso sin disfrazar y con ese “artefacto” delante de su pecho.
Cuando conducía mantenía la mano en el cambio de marchas para que yo le pudiese ir acariciando. De cuando en cuando nos mirábamos y sonreíamos, esa sonrisa maravillosa que sólo puede brotar de un corazón enamorado.  Sus labios carnosos siempre me producían  hambre de pasión, de entrega,  y esos dientes cruzados en la parte izquierda de su boca le daban un aspecto de chico travieso que me gustaba.
Nos amábamos, lo sé. Creo que siempre nos habíamos estado buscando, sin encontrarnos, hasta ese día en el que nos vimos por primera vez.
Un escalofrío, como escarcha endurecida, se apodera de mi cuerpo con solo recordarlo; un escalofrío, como escarcha endurecida, se apodera de mi cuerpo con solo recordarlo; un escalofrío, como escarcha endurecida, se apodera de mi cuerpo con solo recordarlo…, y no, no debo olvidarlo, no debo olvidar que vi el odio en sus negros ojos, sentí la fuerza indomable de sus dedos alrededor de mi cuello;  me quería controlar hasta el más mínimo gasto; me hizo romper las cartas de las amistades que tenía antes de conocerle; me alejaba más y más de mi familia (de mis amigos ya lo había hecho); lo que antes le gustaba de mí, ahora le parecía odioso, inaceptable; no quería que engordase, y yo comía más y más, queriendo reventar a ver  si se alejaba…
Y reventé. Le había prometido que la siguiente vez que me levantase la mano me iría. Esperé a que se durmiese y me fui para no volver jamás. No me creía. Pensaba que dependía de él,  que volvería a ese falso amor donde la única que amaba era yo, un  amor hacia alguien que no existía ya, y que quizás nunca existió.
Un escalofrío, como escarcha endurecida, se apodera de mi cuerpo con solo recordarlo. El precio de la “paz” a veces es el armarse de coraje y echar a correr. No hay que hacerlo por nosotros, sino por las personas que nos quieren: nuestros padres, nuestros hijos, nuestros amigos.
Pude haber sido una más. A veces la diferencia está en tomar una determinación y ser firmes, no dar una segunda oportunidad para que nos dañen, aunque nos estemos muriendo de dolor y desengaño. Si te lastima, no te ama. Si te humilla, aunque sea en privado, no te ama. Si triangula con otras relaciones o hace que te sientas celosa con  sus comentarios, no te ama. Si tiene envidia de tus éxitos y has de pagar por ellos, no te ama.
Mejor estar tristes que cubiertas de hematomas y bañadas en lágrimas. Mejor estar solas que temblando de miedo ante la llegada de alguien a quien debería esperarse con la mayor sonrisa y los ojos llenitos de amor.
Créeme, nadie merece nuestro dolor innecesario, causado para su propio disfrute. Tú pones el punto y final o sigues con esos puntos suspensivos esperando el cambio de alguien que no desea hacerlo, ni lo va a hacer (aunque te lo prometa mil veces), y tú eres la única persona que no se da cuenta.
Deja de ser esa persona anulada para poner al día tus sueños y convertirlos en metas. Sé la persona que siempre fuiste, esa niña de siete años ya adulta y  liberada de las mentiras, de desaires, de  daños entre sombras, sencillamente: ¡¡SÉ!!

 Inma Flores ©

lunes, 14 de mayo de 2018

Encuentro

Imagen de Marcos Rivero Mentado - Retos


Despertó casi al medio día. A su alrededor no había nadie en aquella habitación desconocida. Olía a humedad, a antiguo, y un aroma extraño que no lograba distinguir.
Sintió frío, se arropó entre las sábanas, pero al instante decidió que debía levantarse.  Estaba desnuda. La piel de sus caderas y sus piernas erizada. Buscó su ropa y la encontró a lo lejos, descolocada sobre una vieja silla, por la que el tiempo había dejado sus huellas.
Se puso de pie y junto a la cama estaban sus zapatos negros, con ese lazo hortera, también negro, y de bordes dorados que tanto le gustaban. A su lado había una cuerda, color oro viejo, de al menos cinco metros. Se tocó las muñecas,  recordó que las tuvo atadas. Aún estaban las marcas rojizas alrededor de ellas, también de su cintura, y de sus finos tobillos.
En su mente había una nube blanca y unos ojos negros que la observaban, una voz cálida que le era familiar, y el recuerdo de caricias, besos, fuego en la piel…
Sí, estaba irritada, algo molesta. No acostumbraba a vivir tanta pasión, y aquel olor que no identificaba era el olor a sexo de su juventud. Había perdido tiempo, vida… Hoy, por fin, se perdió ella misma, dispuesta a encontrarse.

Inma Flores ©

sábado, 31 de marzo de 2018

El sueño









Despertó  algo excitado. Acababa de sonar el despertador. De repente recordó que hoy era sábado y apagó el aparato que estaba justo al borde de la mesa de noche. Se giró y quedó boca abajo. Se sentía incómodo, y por un instante recordó  el sueño que estaba viviendo instantes antes de que le despertase aquel horrible ruido:

Llegó a casa poco después de las 7:30 de la tarde, tras estar una hora pedaleando por los alrededores del pueblo. Dejó la bicicleta en el trastero, cogió una enorme toalla del armario del pasillo y se dirigió al cuarto de baño.

Sudaba. Tenía un calor intenso, pero no le gustaba ducharse con agua fría, así que abrió el grifo para que ésta se templase mientras se desvestía.

Frente a él el espejo, que comenzaba a nublarse por el vapor que invadía la estancia, y en el que se miraba de reojo mientras se despojaba de cada una de las prendas que le cubrían. Primero se quitó los calcetines, luego la camiseta, empapada,  y los pantalones. Debajo de éstos no había ningún calzón, pues le excitaba sentir la movilidad de sus piernas mientras pedaleaba y la dureza del sillín en sus prominentes  glúteos.

—No estoy nada mal — se dijo—, para tener 50 años, aún estoy como un chaval.

Acto seguido se metió en la ducha.  Cogió el grifo, con el agua templada, y dejó que ésta se deslizase desde su cabeza, por todo su pecho, rasurado, su espalda… hasta que todo su cuerpo estuvo mojado. A continuación cogió el champú y comenzó a enjabonar su cabeza. En ese instante escuchó cómo se abría la cerradura del cuarto de baño, era María, que llegaba del supermercado:

       —Perdona Jesús, pero no podía más. Menos mal que no cerraste con llave.
      —No cerré porque no están los niños —contestó, con la cara fruncida por el picor del jabón que le corría por todo el cuerpo.

Escuchó cómo tiraba de la cisterna y durante los segundos siguientes, debido al ruido de la ducha, no escuchaba nada.

De repente sintió una mano femenina recorriendo su espalda. Era María. Se había desnudado y se había metido con él en la ducha.

       —¡¡Uhmm!! Cuánto sigilo, con lo habladora que eres María, y qué sorpresa, sabes que me encanta que me toquen la espalda…

                    ¿La espalda? —preguntó la joven, con voz provocadora— ¿Sólo la espalda?

Acto seguido estaban de frente, él humedecía la piel de María, mientras ella comenzaba a besarle, apretando su cuerpo menudo contra el del joven, que se entregaba a la pasión, presionando a la joven por la cintura e intentando fundir ambos cuerpos.

Su cuerpo se pegó a la pared de azulejos, estaba fría, sin embargo su torso ardía. María mordisqueaba sus labios, poco a poco pasó a besarle por la mejilla izquierda, llegando al lóbulo de su oreja, que libaba con pasión, mientras gemía apasionadamente. Sin que apenas  Jesús se diese cuenta introdujo su lengua en la oreja y comenzó a zigzaguear, impregnado cada vez de más y más deseo al joven, que ya estaba a punto de estallar.

Él, mientras fruncía su rostro, introdujo éste en medio de los pechos de la muchacha, amplios, húmedos,  y tras besarlos ardientemente comenzó a mordisquear sus pezones, pasaba de uno a otro, mientras la piel de ambos se erizaba cada vez más.

Entre el agua caliente y la pasión el cuarto de baño estaba envuelto en una neblina traslúcida. Jesús miraba de reojo al espejo, de vez en cuando, pero ya no se veía nada. La excitación ahora no estaba en la vista, sino a flor de piel.

Notó como su miembro adquiría una forma descomunal, no recordaba estar tan excitado. María también lo notó, le miró a los ojos de forma lasciva, pasando la lengua por el contorno de sus boca para luego ir directamente a los jugosos labios del joven, y los devoró como si de dos gajos de naranja se tratase. Sus manos no paraban de moverse, de arriba hacia abajo, de un lado a otro, en especial las de Jesús, que no paraba de presionar y masajear los muslos de María.

De repente la hizo avanzar, de espaldas, hasta ponerse junto a la pared. La alzó tomando en sus manos sus jugosas nalgas y, sin pensarlo dos veces la penetró.

María realizó un pequeño quejido de placer, y al instante comenzó a gemir, al igual que Jesús, ambos en un baile acompasado, mientras el agua se derramaba por el suelo. Tras disfrutar de un rato en esa posición, ayudó a que la joven pusiese los pies en el suelo, la giró de espaldas, y mientras ella apoyaba sus brazos en la pared comenzó a tocar su clítoris, sus labios… ambos no paraban de gemir…

Se agachó unos centímetros y la penetró mientras alzaba las nalgas de la joven con ambas manos, y ella se inclinaba un poco hacia adelante.

No podían para de disfrutar, de ulular. El ruido del agua  inundando la estancia y sus gemidos, el vapor y su deseo, el grito del clímax y el ruido del despertador indicando que era el comienzo de otra jornada y el fin de este sueño.


Irene Bulio  ©

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Chanel nº 5





Espero que disfrutes del relato que podrás leer en el siguiente enlace:

https://dragaria.es/inma-flores-chanel-5/

Se pintó los párpados de un color con matiz terroso y, junto a la ceja izquierda, añadió un dorado mate, para luego hacer lo mismo junto a la derecha. Volvió a introducir su dedo índice en la paleta de colores y extendió, desde cerca del lagrimal, un tono rosa claro, para posteriormente rematar en la parte interior del párpado superior con un tono algo más claro. Tomó un algodón y suavemente difuminó los colores, cambiando e iluminando su mirada. Abrió el neceser y cogió un lápiz de ojos  color azul petróleo, con el que bordeó las pestañas superiores mediante un trazo limpio. Su forma de maquillarse era pausada, una ceremonia que repetía cada viernes. Para finalizar utilizó un rimmel fijo que doblaba en volumen sus pestañas.
Es en ese preciso instante, frente al espejo,  se miró a los ojos y sonrió con una mirada pícara que al rato se volvió triste.
Acabado el ritual en la parte superior de su rostro maquilló sus labios, con un perfilador marrón y una barra rojo pasión. Añadió un poco de color a sus pómulos, su frente, su barbilla y su nariz, para resaltar la feminidad de su cara.
 No podía faltar el perfume. El mismo que siempre le regaló su esposo en cada aniversario.
Tomó de la estantería de su cuarto de baño el “Chanel nº 5” que él le había obsequiado meses atrás y presionó el vaporizador, apuntando al techo; ágilmente se puso debajo de las partículas de perfume que caían sobre sí, inundando de la esencia su melena, sus hombros, sus pechos, su espalda… Cerró los ojos e inhaló, lentamente,  recordando como en ocasiones sembraban de besos su cuerpo recién salido de la ducha, con tanta pasión y prisa que apenas le daba tiempo de secarse, estando aún  envuelta en la humedad que tanto le gustaba.
En ese instante se sintió una pantera dispuesta a ir a la caza de su presa, de su nueva presa.
Desde que descubrió que su esposo la engañaba sintió la necesidad de probar el placer del peligro, de lo oculto, de devolver la pelota con la que le habían golpeado los sueños. No se trataba de un partido de tenis, tampoco de una venganza ¿o quizás sí? Lo cierto era que no quiso discutir cuando descubrió, tras un descuido con el móvil, varias de las conversaciones de wasap de su marido:
«Qué bien lo pasamos anoche. Me encantó. Esa postura jamás la había hecho antes, mi esposa es demasiado pasiva para convulsionar sobre mí como tú lo has hecho»
«Lamerme con esa lengua serpentina… ¡¡Uhmmm!!, me has hecho sentir un placer enorme; casi no puedo contenerme; por poco te impregno toda la cara y el vestido»
«Nos veremos el domingo en el restaurante. Disimularemos como siempre, recuerda, “hace meses que no nos hemos visto ni hablado”, no vaya a ser que se dé cuenta María»
«Le diré a mi marido que he quedado con Juani para tomar un café y nos vemos por el Puerto, en el mismo hotel donde estuvimos la última vez. Fue fantástico. Estoy deseando superar el número de orgasmos de la semana pasada. No te preocupes que yo llevaré los aceites y dime el nombre del gel que están usando en casa para que María no note ningún olor extraño».

El dolor que sintió en su corazón le pareció infinito, pero a pesar de que esas conversaciones se clavaron en su corazón como puñales  no fue capaz de soltar una lágrima. Acto seguido se fue al ordenador de su marido, segura de que allí encontraría más “argumentos” que la ayudasen a tomar una decisión acertada, pues no acababa de creer aún lo que había visto y sentía un desagradable latido en  sus sienes, que la hacía enloquecer. No pudo entrar en el correo electrónico, había cambiado la clave; tampoco en el facebook, pero sí fue a ver cuáles eran las últimas páginas que se habían visitado su esposo:
Ø  Sexo gratis en tu ciudad
Ø  Amistades en Las Palmas
Ø  Chat de sexo Canarias, gratis
También visitó el perfil de facebook de algunas de sus amigas con las que él decía que hacía tiempo que no hablaba, descubriendo comentarios que la entristecieron aún más,  y páginas de películas porno que aparecían en el listado de los links visitados en los últimos meses;  alguna de estas películas tenían títulos tan desagradables que prefirió olvidar.
Por un instante pareció que de su ojo izquierdo quiso escapar una lágrima; ágilmente la contuvo.
Esa tarde se calzó los zapatos de tacón negro más sexis que tenía en su vestidor y, acto seguido, bajó a la calle. Tras caminar varias manzanas, alejándose de su casa, tomó un taxi.
Había quedado en un pub cerca del mar con un joven de voz perturbadora que la llamaba a su móvil, con frecuencia, tras una primera vez en la que marcó su número por equivocación. Aún no le conocía en persona. Al entrar  le descubrió al instante, era el portador de una sonrisa espléndida. El joven se dirigió hacia ella y la tomó de la mano para llevarla al confortable sillón que se encontraba al fondo de la estancia. Antes de que se sentase rozó sus labios con un ligero beso cargado de sensualidad. Estuvieron escuchando música, bebiendo y charlando durante apenas una hora. Deseaban intimidad, por lo que decidieron dar un paseo bajo la luz de la luna,  con el arrullo de las olas de fondo. Ante cada paso que daban se iban apretando más y más, uno contra el otro,  tanto que él la tomó por la cintura y ella hizo lo mismo, para luego fundirse en un acalorado beso, donde dos lenguas se entrelazaban suavemente para finalizar con la boca del joven  besando y mordiendo el cuello de María, el lóbulo de su oreja, hundiendo la cabeza entre sus pechos…
     ¡Uhm! Me encanta el perfume que llevas —comentó el chico—, no puedes imaginar cuánto me excita.
     Es mi pijama, el mismo que dicen que usaba Marilyn —contestó María con  un pícaro guiño.
     Pues tendré que ver cómo te queda —fue la respuesta que obtuvo.
Poco tiempo después estaban en el coche del muchacho, aparcados junto a un precipicio donde rompían las olas violentamente. Al compás del ruido del vaivén de las aguas sus cuerpos se iban excitando cada vez más. María temblaba, era la primera vez que estaba con otro hombre que no fuera su esposo desde hacía varios lustros, pero aún así decidió vivir el instante, y sus apasionados besos se extendieron por todo el cuerpo del joven, mientras desabrochaba con avidez su camisa, el cinto que custodiaba el fruto de su deseo, la cremallera del pantalón… y pronto se sorprendió degustando la firmeza que brotaba ante sí.
Mientras, él iba deshaciéndose de las telas que cubrían el esplendoroso cuerpo de la mujer, desabrochó  el sujetador dejando al aire sus pechos, sus dos grandes y hermosos pechos, que se balanceaban ante sí de una forma tan sensual que no pudo soportar del deseo de acariciar aquellos pezones con los que soñó desde la primera vez en la que se cruzaron sus miradas. En un principio sus caricias eran suaves para continuar con la desesperación, el deseo y la agitación que brotaba de su entraña.
Cuando ella terminó de disfrutar del apetecido postre  se relamió, y él terminó de desnudarla, de quitarle la última prenda que  aún quedaba sobre su encendido cuerpo. —Ambos pensaron que fue una gran idea el ir a la parte posterior del vehículo, con los cristales tintados  nadie podría verles—. Acto seguido la atrajo hacia sí; abrió, con la ternura que la pasión le permitía, sus muslos y apoyó sus manos en las rodillas, para luego agarrarla  por sus nalgas; la  presionó entre sus brazos y la penetró con dulzura. En ese instante se miraron a los ojos, quizás a modo de consentimiento y súplica a la vez.
Los gemidos de María eran cada vez más fuertes, y a medida que el vaivén de las olas producidas en la parte trasera del vehículo adquirían velocidad, crecía la espuma de mar que desprendían…
Tras un intenso suspiro, extraído de las profundidades de su alma, el chico hizo rebozar su pozo de placer, a la vez que ella gritaba, extasiada.
¿Cuánto tiempo duró la estancia en ese paraíso? ¿Logró apagar alguna de las llamas de su infierno? Sólo María lo sabe.
Al acabar, continuaron abrazados hasta el amanecer. Luego él la dejó a medio kilómetro de su casa. Ella tomó, de nuevo, un taxi y dio varias vueltas antes de llegar a su desgajado hogar.
Su esposo dormía.
     ¡Qué pronto has ido hoy al mercado!  No quise despertarte anoche y me quedé dormido en el sofá —le dijo, mientras se daba la vuelta para seguir en manos de Morfeo.
María sonrió. Ojo por ojo, asta por asta.


Irene Bulio ©

domingo, 25 de octubre de 2015

La voz en la mirada






Buscó su mirada, como quien atisba un pequeño rayo de luz en la oscuridad. De pronto, tropezó su sonrisa. Ya todo estaba bien. Podía respirar.

Se encontraba a salvo de cualquier pensamiento que le hiriese el alma. Sabía que en aquel silencio existían más certezas que en cualquier discurso que hubiese escuchado antes.

Sus voces continuaban mudas. No hacían falta palabras.  Entrelazaron sus manos a través de los iris, aún se amaban.

Ya no importaba el pasado; tampoco el mañana.
Irene Bulio © octubre 2015

jueves, 8 de octubre de 2015

Sabía...


«A pesar de su aspecto gallardo y azul, su alma era negra y pegajosa, como alquitrán. Se quiso enamorar cien veces, y una vez más, pero nunca se lo permitió. Sabía cómo usar la llave de la felicidad, y en vez de hacerlo para abrir el cerrojo que le impedía ser libre de verdad, se la tragó mientras gritaba que era imprescindible tener sus manos desocupadas para ser feliz. El herrumbe se apoderó de sus entrañas y se lo fue comiendo poco a poco, desde el interior, hasta que sólo quedó un cascarón sembrado de sonrisas tristes» - Irene Bulio ©

lunes, 16 de marzo de 2015

Ocaso de primavera - Relato para "Te robo una frase"




 El reto de este mes: «No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan la propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño» De Edgar Allan Poe, El Gato Negro.


♥.♥.♥.



Acabo de despertar de la siesta con un sudor frío y el pecho palpitante. No recuerdo muy bien dónde he estado, quizás en otra época, con otra gente… A pesar de que mi cuerpo ha permanecido, casi inerte, en mi propia cama, “yo” no he estado aquí. Se lo contaré a través de mis letras, que es la mejor forma que conozco de hacerlo.
«No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan la propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño»
Estaba en una ciudad al sur de Inglaterra. No recuerdo el nombre. Era primavera, ya cercano el verano, cuando el campo florecía y todo estaba mucho más alegre.
No estaba solo, estaba con mi amada, Elizabeth. Decidimos dar un paseo por las afueras, así que nos dirigimos a las caballerizas a buscar nuestro transporte. Elizabeth eligió a Brisa y yo tomé a Canelo. Durante el trayecto trotamos un rato; trotábamos y reíamos a carcajadas. Siempre que estábamos juntos sentía una felicidad que sólo hallaba junto a ella. Una felicidad que me daba miedo, miedo a perderla, miedo a estar siempre anudado a ella… Fuese lo que fuese, siempre me daba miedo.



Durante toda mi vida he sido un hombre valiente, me he enfrentado a todo, menos a este sentimiento de libertad que me aprisiona. Ella sonríe, es feliz, no da importancia a nuestros desacuerdos. Yo, en cambio, pienso que cada día serán mayores, como las sombras cuando atardece, hasta que llega la noche y lo impregna todo de oscuridad.
Mejor hablar de la belleza que observaba en mi sueño; era plena tarde y todo estaba inundado de luz. Nos acercamos a unos abetos que estaban a la entrada del bosque. Allí nos apeamos de los animales. Mientras Eli —como le llamaba dulcemente— extendía una manta sobre el suelo, yo me disponía a atar a Brisa y a Canelo.
Una vez estaban los animales a buen recaudo, nos sentamos sobre la manta de cuadros que con tanto amor fue extendida. Allí comenzamos a rozarnos las manos.
Ella estaba radiante, feliz… Mientras, mis miedos y yo librábamos una lucha interior donde era difícil no salir malherido.
La amo, la amo desde que nos dimos aquel primer beso donde saltó la chispa, pero aún recuerdo mis tiempos de correría: disfrutaba de las salidas con mis amigos y tenía vivencias que por pudor no voy  a contar. Le digo a ella que no las echo de menos y, es cierto, pero una parte de mi se entristece en pensar que no las volveré a vivir más.
Quizás el tiempo se vaya y con él las ganas y las fuerzas; puede que ella también, mucho más joven que yo, queriendo vivir lo que no le pueda ofrecer eternamente.
Mientras, me acaricia la mano. Comienza a besar mi cuello, mi mejilla, mi frente… Mi interior comienza a bullir, entre el deseo de corresponder a la ternura y las ganas de salir huyendo… Ni yo mismo me comprendo. Sólo siento ganas de salir a la carrera.
    Amor, ¡cuántas ganas tenía de volver a estar junto a tu pecho!— me susurraba al oído mientras yo me quedaba quieto, bloqueado, sin saber qué decir.
    Tranquila, estoy aquí, contigo. Eso es lo que importa —fueron las únicas palabras que fui capaz de articular.
    Sí, pero te noto triste. No estás con la misma alegría de otras veces, la misma pasión. ¿Qué te ocurre?—preguntó insistente. Ella siempre pregunta.
    No me ocurre nada en especial. Ya lo hemos hablado. Necesito mi tiempo, mi espacio, la libertad que siempre he tenido.
    ¿De qué libertad me hablas? Siempre has sido libre para elegir.
    Necesito un tiempo, pensar… hay tantas cosas en qué pensar...
    ¿Pensar? ¿No es mejor vivir? La vida es eso que se va mientras pensamos en vivirla…— me dijo, enojada Eli.
    Si me amas de verdad me dejaras libertad para pensar— le respondí con decisión.
    La libertad las has tenido siempre pudiendo elegir. Me suena a excusa.
Cada persona es el resultado de su camino por la vida, de sus decisiones. Las decisiones más importantes han de ser meditadas —contesté, sabiendo claramente a lo que me refería.

La conversación  duró lo mismo que ese sueño. Ahora, una vez que he despertado a la consciencia siento que aquella Ellizabeth eras tú, amor. Doy gracias a Dios por la oportunidad de esa tarde para poder abrir los ojos, tan cerrados y ser consciente de que la verdadera libertad es la de poder elegir. Elegí un amor que dio a mi vida más satisfacciones que cientos de falsas libertades, con tardes eternas de caricias, amaneceres donde despertaba ante tus tierna mirada  y un transcurrir de los años cargados de paz donde ya nunca más me hallé perdido en el laberinto de mis miedos. La llibertad sólo se halla en nuestro interior.
Ambos aprendimos que había que soltar el lastre, ver lo que realmente teníamos ante nosotros: ¡¡nuestra vida futura!!
Necesité pensar para poder permitirme "sentir", deshojar cada sentimiento y quedarme con los apropiados. Quizás hoy lo he soñado todo para recordar que somos nosotros los que construimos nuestro propio cielo y nuestro propio infierno. Las oportunidades un día se acaban y quedamos ahí, en el camino trazado.